lunes, 1 de diciembre de 2014

Brooklyn Nine-Nine, la comisaría que apostó por la coralidad

La cosecha de comedias del año pasado fue pobre, de las propuestas presentadas por las diferentes cadenas solo tres consiguieron captar mi atención: Mom, The Crazy Ones y Brooklyn Nine-Nine. La primera se salvó por Allison Janney, diosa capaz de dar lustre a una sitcom ramplona que sobrevivió a la cancelación gracias al éxito de las otras series de Chuck Lorre porque una media de siete millones de telespectadores no es una cifra que agrade a la CBS. The Crazy Ones, también de la CBS, fue cancelada a pesar de sus innegables virtudes. Y para terminar, Brooklyn Nine-Nine, serie de la que me propongo halar hoy, comenzó titubeante en la Fox marcando unas audiencias de cerca de entre tres y cuatro millones de telespectadores pero ganándose el favor de la cadena gracias a sus nominaciones y premios (Globo de Oro al mejor actor de Comedia para Andy Samberg y Globo de Oro a la mejor comedia).

En sus inicios esta serie creada por Mike Schur y Dan Goor, responsables de Parks and recreation, no me convenció pero logró conquistarme en su último tramo cuando rebajaron, un poco, el protagonismo de Andy Samberg. Brooklyn Nine-Nine pretendía ser el vehículo de lucimiento Samberg, cómico conocido por su paso por el mítico Saturday Night Live, y que, con esta serie, pretendía igualarse a Tina Fey y Amy Poehler. Lo ha logrado? Él no pero la serie está un peldaño de igualarse a mi queridísima Parks and recreation. Samberg es bueno en pequeñas dosis; es un buen comediante, un genial imitador, un actor tremendamente físico que, como Jim Carrey, puede sorprender en papeles dramáticos como demostró en Celeste and Jesse Forever. En Brooklyn Nine-Nine su sobrexposición, su patente protagonismo ahogaba un producto que pedía a gritos apostar por la coralidad aprovechando el potencial de las demás piezas de la comisaria. Cuando la serie fue consciente de esa necesidad empezó a mejorar, alcanzando cotas de genialidad y desenfreno de alta potabilidad. Un ejemplo de esto sería el capítulo de Halloween de la segunda temporada, se trata de un episodio bien armado, sólido, original y divertido; con un André Braugher que merece un monumento.

El capitán Ray Holt, interpretado por Braugher, dirige la alocada comisaría donde se desarrolla la acción y bajo su mando sirven os detectives Jake Peralta (Samberg), Amy Santiago (Melissa Fumero), Rosa (Stephanie Beatriz),  Broyle (Jo Lo Truglio) y el resto de la tropa: el sargento Terry (Terry Crews), los patéticos Hitchcock y Scully y  la secretaria Gina (Chelsea Peretti). El capitán es el mejor personaje de la serie, se integra bien en cualquier trama, funciona tanto solo como acompañado, ha desarrollado relaciones con diferentes niveles de intimidad con todos los personajes y es cómico sin esforzarse en serlo. Su vida personal y su pasado están más trabajados que el del resto de personajes y, para colmo, su némesis es Kyra Sedgwick. ¡Qué momento verles pelearse por la grapadora!

Otros aciertos de la serie fueron abandonar la obsesión de Trujillo por Rosa y apostar por más minutos en pantalla del dúo Scully-Hitchcock. Con esto todo el reparto tenía oportunidad de brillar en cada episodio y Samberg, sin renunciar a ser el epicentro de las tramas y el protagonista de la historia, cedía tiempo, gags y frases a sus compañeros. Brooklyn Nine-Nine apostó por la coralidad y acertó de pleno. 

La segunda temporada está dejando varios capítulos memorables: Halloween II, Lockdown o USPIS. Las estrellas invitadas que están apareciendo funcionan dentro de la la locura de esa comisaría neoyorquina (Kyra Sedgwick, Eva Longoria, Ed Helms). Brooklyn Nine-Nine ha sabido encontrar su tono, ha crecido y pulido sus defectos perfeccionando una fórmula abocada al éxito. 

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