miércoles, 26 de agosto de 2015

Las desgracias del doctor Chilton

"You may as well have struck the match — that’s participation" (Bedelia DuMaurier)
CUIDADO CON LOS SPOILERS

Durante la última semana he pensado mucho en Hannibal y me he dado cuenta de algo que hasta el momento había pasado por alto. No hace falta que diga que la serie de Fuller es violenta, gore incluso, y que visualmente recrea esa violencia, ese horror, de una manera poética, extravagante y barroca. La belleza de la muerte, lo artístico del asesinato, lo excesivo de la puesta en escena, son aspectos fundamentales para comprender y dejarse atrapar por el enfermizo duelo entre Will Graham y Hannibal Lecter. 

El penúltimo capítulo de la serie, con Hannibal ya entre rejas y el Gran Dragón Rojo en plena transformación, nos deja una de las escenas de tortura psicológica y física más impactantes de los últimos años, la del doctor Chilton (Raúl Esparza) a manos de Francis Dolarhyde (impresionante Richard Armitage), el asesino en serie que marca la recta final de Hannibal y que fue presentado en el octavo capítulo. Armitage no es el primer actor que se pone en la piel del Gran Dragón Rojo, en 1986, Tom Noonan interpretó al personaje en Manhunter y, en 2002, Ralph Fiennes recogió el testigo en Red Dragon. De las tres composiciones me quedo con la de Armitage. 

En el capítulo The Number of the Beast Is 666..., Chilton es secuestrado por Dolarhyde, torturado, mutilado – le arraca los labios a mordiscos- y, posteriormente, quemado vivo. En la novela Red Dragon esto le sucedía a Freddy Lounds, personaje irritante que parece inmune a las desgracias. Creo que Chilton no se merecía tanto sufrimiento, los guionistas le tienen especial inquina al personaje. Lo que no acabo de entender es a que vino este cambio con respecto a la novela, Lounds tenía tantas papeletas como Chilton para acabar destrozada por el Gran Dragón Rojo. Sin embargo, optaron por el psiquiatra quien, a estas alturas, ha padecido más tormentos que cualquier otro ser humano cercano a la órbita de Lecter. Durante la primera temporada el doctor y asesino, Abel Gideon (Eddie Izzard), le secuestra y le extirpa varios órganos no vitales. Chilton sobrevive a semejante barbaridad pero le quedan secuelas, en la segunda temporada le vemos andar con bastón. Más tarde es acusado de ser el destripador y del asesinato de Gideon. Tras ser detenido, recibe un disparo en el rostro en la sala de interrogatorios. Este disparo no es fatal pero le desfigura el rostro dejándolo ciego de un ojo y sin paladar en la zona izquierda de su boca. A esto le llamo yo mala suerte. 

Durante toda la serie se cometen múltiples asesinatos, algunos terribles pero me he dado cuenta de que Hannibal, rara vez mata a una mujer. Ya sea directa o indirectamente, sus víctimas suelen ser hombres, al menos eso es lo que vemos en la serie y parece que solo mata mujeres cuando es posible que le descubran o por necesidad. Por ejemplo: a Georgia Madchen (Ellen Muth), la joven que sufre el síndrome de Cotard, la quema viva porque podría revelar que él asesinó al doctor Sutcliffe (John Benjamin Hhickey). La agente Beverly Katz (Hettienne Park) acabó rebanada y expuesta como si fuese un proyecto de ciencias cuando descubrió que Lecter era el caníbal que buscaba el FBI. Sacrificó a Abigail Hobbs (Kacey Rohl) para hacer sufrir a Will. Y la señora Fell tenía que morir para que Bedelia y Hannibal pudiesen vivir con tranquilidad en Florencia.

Cierto que Hannibal mata a Marisa Schurr y a la joven que aparece sobre una cornamenta en el piloto, Aperitivo. También sabemos que en su versión de la Primavera de Botticelli había una mujer. Y es verdad que incitó a Dolarhyde a matar a la mujer de Will, pero ella escapó del asesino. Sin embargo, todas estas muertes suceden fuera de cámara y pocas veces hemos visto a Hannibal ejercer violencia física directa sobre una mujer. Es como si hubiese un muro de contención, Hannibal es un asesino y un caníbal; es elegante, exquisito y culto. Y solo mata mujeres si no le queda más remedio y nunca para comer. 

Esto me lleva al asunto Chilton vs Lounds, creo que la serie se censuró a sí misma no atreviéndose a mostrar una escena en la que se torturase a una mujer. El efecto no hubiese sido el mismo, eso sin duda. La apuesta de Fuller hasta ahora había sido valiente y arriesgada,  innovadora y transgresora, pero han optado por deformar el libro en el que se basa para no levantar más ampollas. Al menos eso es lo que parece. No es algo que me moleste pero si me llama la atención. No sé qué hubiese pasado si Lounds, en vez de Chilton, hubiese estado pegada a esa silla, aunque me lo puedo imaginar. 

Un aspecto que sí me molesta es que, desde su piloto, Hannibal se había distinguido por ser macabramente sugerente, hermosa y terrorífica a partes iguales. Desde el octavo capítulo de la tercera temporada ese aroma delicado de maldad y locura se ha perdido, Dolarhyde es un asesino más básico, más elemental, menos refinado. La tortura a la que somete a Chilton es pasto de serie B, de películas tipo Hostel. No hay en él ni en “su obra”, técnica, refinamiento, inteligencia. Es un anodino asesino en serie, uno de tantos, que simplemente atrae la atención de Hannibal porque se aburre en la cárcel y necesita seguir jugando. Me hubiese gustado un tratamiento diferente para la parte final de la serie, un acercamiento más onírico, más psicológico, menos común. 

A falta de un capítulo para despedirse definitivamente de los fans, Hannibal me ha decepcionado, es un traspiés que le perdono pero que me entristece porque la serie siempre ha estado al nivel de mis exigencias. Nunca antes me había defraudado. Ahora, sin embargo, esa cobardía y ese desliz en el fondo y la forma me han hecho ver que Hannibal nunca fue una serie perfecta. No obstante, sus imperfecciones la han hecho grande. Larga vida a Hannibal Lecter. 

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