jueves, 12 de marzo de 2009

El curiso caso de mi hora para comer


Desde hace un mes vivo en otra ciudad, trabajo en otro pueblo y como en otro bar. Yo soy mucho de comer en los bares. Me gusta, me relaja. Está bien eso de irse a un sitio pedir lo que te gusta, leer el periódico, tomarte un café... vamos desconectar.Tengo la inmesa suerte de que el bar que se encuentra justo enfrente de mi curro es acogedor, tiene un buen surtido de periódicos, no está abarrotado, se come de puta madre y es barato. La comida es buena y sobretodo abundante, con deciros que como de tapas, por un euro y poco me dan un plato bien cargadito de comida. Me parece increíble. Además el café les sale muy rico. También decir que cuentan con una amplia variedad de tapas, hoy mismamente comí salpicón de marisco, riquísimo y revuelto de algas, que me encanta.

Los parroquianos: El tipo de la tragaperras que hace un par de días ganó el premio gordo. Los dos tipos trajeados que se sientan en la barra, comen bocatas y beben cocacola zero y una familia-amigos que se sientan en la mesa de la entrada que varían de número a veces cuatro otras veces seis. A todos estos me sumo yo y las dos camareras y el dueño.

Lo que me resulta curioso de este local es la televisión y lo que provoca en los habituales. Siempre, bueno durante este mes, cuando llego está puesto el programa de Karlos Arguiñano. Yo jamás, jamás he visto un programa de ese tipo. Lo he visto muchas veces en los zapping haciendo el ganso pero nunca había visto su programa. La palabra que mejor lo define es alucinante, pero ya no él como ente humano alejado de la realidad sino el efecto que causa en los parroquianos del bar. Es oír la voz de Karlos y girarse como girasoles hacia el televisor, permanecer sin hacer otra cosa que mirar para el televisor durante todo el programa. De vez en cuando sonríen, asienten y abren la boca pero poco más. Están como hipnotizados. A mi la verdad es que se me hace bastante insufrible el tipo, sobretodo cuando cuenta chistes, anda que no son malos pero... a base de insistir se le coge cariño al Karlos. ¿será por su falta de sentido del ridículo? ¿será porque parece como si se hubiera tomado un tripi? ¿será la invasión de los ultracuerpos?.

Voy al bar, seguiré comiendo allí, tienen unas tapas cojonudas. Karlos no me molesta tanto pero no alcanzo a comprender esa fascinación que despierta en los demás habituales del local.

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